
¿Mi idea es buena?
En algunas ocasiones, escribir se vuelve complicado.
A veces fluye, como cuando abrimos un grifo. Otras, en cambio, el agua no corre… se estanca.
En esos momentos, no siempre faltan ideas ni inspiración. A menudo ocurre otra cosa. Una pregunta incómoda que empieza a sobrevolarte, insistente, como un buitre esperando que caigas:
¿Merece la pena?
Imagina la escena. Tú delante de una libreta o del teclado. Sabes lo que quieres escribir y te pones a ello, pero entonces llega esa punzada de duda.
¿Esto funciona?
¿Lo estoy haciendo bien?
¿Lo leerá alguien?
Seguro que sabes de lo que hablo, porque te habrá pasado. Yo también lo he vivido muchas veces. Incluso dejé de escribir durante un tiempo, convencida de que era una pérdida de tiempo.
Pero no lo era. Nunca lo es.
Porque cuando escribes algo que nace de dentro, aunque dudes, aunque tiemble, nunca es una pérdida de tiempo.
La pregunta que nadie se atreve a formularse en voz alta suele ser esta: si mi idea es buena o si estoy perdiendo el tiempo.
Y, desde luego, es una de las dudas que más sobrevuelan a la hora de escribir:
¿Y si mi idea no es buena?
Llegar hasta ahí es terrible. La pregunta bloquea a cualquiera, porque la idea es la base de todo y, si empezamos mal, ¿qué podemos esperar después?
Más de una vez, al empezar a imaginar una historia nueva, me he encontrado con la misma duda:
¿escribo sobre algo que esté de moda o me arriesgo con una historia que va a contracorriente?
Es fácil dejarse llevar por el miedo. Si los vampiros adolescentes están de moda, quizá debería escribir sobre ellos. Pero resulta que yo quería escribir sobre elfos vanidosos que habitan en el bosque.
Entonces vuelve la pregunta, insistente: ¿es mi idea buena?
¿Lo ves?
Ahí está la duda.
Pero ¿sabes qué?
A veces eso es lo menos importante.
Porque esa duda no es del todo real. O, al menos, no nace donde creemos. Cualquier idea puede ser válida si encuentra la forma de desarrollarse. Desde la más innovadora hasta la más usada.
Una idea repetida mil veces sigue funcionando cuando pasa por tu voz. Cuando se filtra por tu mirada. Ahí es donde está la diferencia. Ahí debería estar la fuerza.
Así que quizá la pregunta no sea si tu idea no es buena, sino si el miedo está en no saber hacerlo tú.
Durante mucho tiempo pensé que el problema estaba en las ideas. Hasta que una historia me obligó a mirar hacia otro sitio.
Hoia Baciu no nació de una idea clara ni de una estructura bien definida. Nació de la frustración.
Llevaba tiempo sin conseguir lectores y decidí escribir relatos nuevos, varios, uno tras otro, como si la insistencia fuera a darme la forma que no encontraba. Ninguno terminaba de funcionar. Entonces pensé en alguien que vuelve a sus raíces para redimirse. Y apareció el bosque.
Puedes leer esta historia aquí, si te apetece.
El bosque existía de verdad. Era un lugar real, conocido por su fama inquietante, casi mítica. Eso me atraía. Quería transmitir ese desconcierto, esa sensación de estar en un sitio que parece observarte. Pero cuanto más avanzaba, más evidente se hacía lo que la historia no tenía: no era redonda, no sabía explicarla, no sabía justificar por qué ese accidente tenía que dejar al protagonista allí, en un bosque que conocía desde niño.
Lo escribí. Y no me gustó.
No lo borré, pero lo aparté. Me dije que quizá más adelante podría rescatar algo. En el fondo, lo que me daba miedo no era la historia, sino escribir algo que no mereciera la pena leer. Algo que no estuviera a la altura. Algo que no supiera defender.
Tiempo después lo releí. Y entendí que el problema no era la historia, sino mi empeño en hacerla explicable. Lo que necesitaba no era una justificación, sino un nexo: una unión entre el pasado del personaje y su presencia en el bosque, entre lo que fue y lo que estaba intentando ser.
Dejé de explicar. Dejé de coger al lector de la mano. Decidí iluminar solo algunas ideas y confiar en que el resto se comprendiera en silencio.
Entonces entendí algo que no había querido aceptar antes: quien busca redención no siempre obtiene perdón. Y, aun así, merece la pena intentarlo.
Hoia Baciu no necesitaba ser una historia cerrada. Necesitaba tiempo. Y necesitaba que yo dejara de exigirle lo que, en realidad, me estaba exigiendo a mí misma.
¿Y sabes qué aprendí yo?
Que muchas veces somos nosotros mismos quienes nos impedimos desarrollar las historias como queremos. No porque no sepamos, sino por miedo. Porque escribir lo que de verdad quieres decir te expone.
A veces dejamos el alma en lo que escribimos. Otras, dejamos rastros de cosas que hemos vivido o sentido de verdad. El lector no lo sabe, pero tú sí. Y ese conocimiento pesa. Hace que te contengas, que midas, que frenes justo cuando la historia empieza a respirar.
Entonces la bloqueas.
Aprender a escribir también es aprender a dejar a un lado ese pudor. Si no lo haces, nunca escribirás como sabes hacerlo. Y no porque falte técnica o ideas, sino porque te estás poniendo límites antes de tiempo.
Lo curioso es que lo que hace que una historia funcione casi nunca es la idea en sí, sino la verdad que hay detrás. Aunque siga siendo ficción. Aunque nadie más sepa de dónde viene. Aunque solo tú reconozcas ese temblor.
El lector lo nota. No sabe qué es, pero lo nota.
Porque lo que lee es algo auténtico. Único. Tu forma de mirar.
Durante mucho tiempo me pregunté si mis ideas eran buenas. Hoy sé que la pregunta no era esa.
La duda no estaba en la historia, sino en hasta dónde estaba dispuesta a llegar con ella. En lo que me permitía decir y en lo que prefería callar.
Desde entonces, cuando una idea me hace dudar, ya no la descarto. La dejo estar. La escucho. Y me pregunto si el problema es realmente la idea… o si soy yo la que todavía no se atreve.
Si ahora mismo estás dudando de una historia, quizá no sea el momento de juzgarla.
Tal vez solo necesite que la escuches un poco más.
A veces la duda no está en la idea, sino en nosotros.
