El último retrato de la señorita Blackthorne

El último retrato de la señorita Blackthorne

En la brumosa ciudad de finales del siglo XIX, William Silver, un joven fotógrafo heredero del estudio de su tío, se enfrenta a la tarea más desconcertante de su carrera: capturar el último retrato de la señorita Diana Blackthorne, una joven cuya muerte repentina está envuelta en misterio. Al adentrarse en la oscura realidad que rodea su fallecimiento, descubre secretos que desafían las leyes de la naturaleza y lo sumergen en un mundo donde la muerte no es el final, sino el inicio de una historia aterradora. Enfrentando sus propios miedos y dudas, William debe usar su cámara no sólo como una herramienta de su oficio, sino como un puente entre lo terrenal y lo sobrenatural, capturando más que la imagen de una joven; revela una verdad oculta que podría cambiar su percepción de la vida y la muerte para siempre.

La fotografía postmortem, una práctica que puede parecer macabra para los estándares modernos, fue una forma muy extendida de conmemorar a los seres queridos en el siglo XIX y principios del XX. Es una parte muy importante de este relato y me gustaría analizar a grandes rasgos este modo de honrar la vida que tanto nos cuesta entender con nuestra mentalidad actual.

Orígenes e Historia


La fotografía postmortem surgió poco después del nacimiento de la fotografía en 1839. Durante esta época, la tasa de mortalidad infantil era alta y la esperanza de vida era mucho menor que la actual. Las fotografías de los seres queridos, especialmente de los niños fallecidos, se convirtieron en una forma valiosa de preservar su memoria. Estas fotografías eran a menudo las únicas imágenes que las familias tenían de la persona fallecida, debido al alto costo y la poca accesibilidad de la fotografía durante ese tiempo. Existían estudios en grandes ciudades, e incluso fotógrafos ambulantes que pateaban los caminos buscando clientes. Un retrato era algo muy exclusivo y complicado de conseguir.

Prácticas y Estilos


La fotografía postmortem se practicaba de varias maneras, dependiendo de la edad, el estatus social y las preferencias familiares. Los sujetos podían ser fotografiados acostados en una cama o un sofá, como si estuvieran durmiendo, o en algunos casos, se les colocaba en posiciones que simulaban la vida, sentados en sillas o incluso apoyados en un soporte especial para dar la impresión de estar de pie.

Las familias a menudo incluían objetos personales o símbolos religiosos en la fotografía para personalizar la conmemoración. En el caso de los niños, se les podía retratar con juguetes o en brazos de sus padres, lo que añadía una capa adicional de emotividad a la imagen. Incluso hay fotografías en las que se ven a los hermanos junto al fallecido, para obtener esa última imagen de todos juntos.

Significado y Función


Más allá de ser un simple recuerdo, estas fotografías cumplían varias funciones emocionales y sociales. Servían como un importante paso en el proceso de duelo, permitiendo a las familias enfrentar y aceptar la pérdida de un ser querido. Además, las fotografías postmortem se compartían con familiares y amigos, funcionando como un reconocimiento de la vida y la muerte del ser querido y como un elemento de conexión comunitaria en el duelo.

Evolución y Declive


Con el avance de la medicina y la mejora de las condiciones de vida, la tasa de mortalidad disminuyó y la fotografía se volvió más accesible. Estos cambios, junto con la evolución de las actitudes culturales hacia la muerte, llevaron a un declive gradual de la fotografía postmortem a principios del siglo XX.
Aunque hoy en día la práctica de la fotografía postmortem puede parecer extraña o incluso inquietante, es crucial entenderla en su contexto histórico y cultural. Estas imágenes ofrecen una ventana única a las actitudes pasadas hacia la muerte, el duelo y la memoria, recordándonos la importancia de preservar la historia y las tradiciones de aquellos que nos precedieron. En última instancia, la fotografía postmortem subraya la necesidad humana universal de recordar y ser recordado, un deseo que persiste en todas las culturas y épocas.

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El último retrato de la señorita Blackthorne

William caminaba con dificultad por el empedrado, resbaladizo por el verdín que crecía bajo la penumbra perpetua de esa zona de la ciudad. El aire olía a leña quemada: el fuego intentaba espantar una humedad que lo impregnaba todo. En invierno, el frío y la humedad eran más generosos que el pan entre los pobres; nunca faltaban.

Heredó el estudio de fotografía de su tío, un hombre hosco y enjuto, que prefería pasar hambre cinco días a la semana antes que gastar un chelín innecesario. Excepto en lo que respectaba al estudio: en eso no escatimaba. Adquiría las mejores lentes que podía pagar, encargaba trípodes a medida y seguía con devoción cada nuevo adelanto del oficio.

Empezó como aprendiz siendo apenas un crío, y al principio odiaba el trabajo: le parecía lento, tedioso, desesperante. Para hacer un retrato decente había que esperar demasiado, y al final, muchos clientes ponían cara de decepción cuando su imagen salía borrosa. William sabía que era culpa de ellos, por no quedarse quietos, pero su tío no le permitía decirlo en voz alta.

—Los clientes son el tesoro más valioso de cualquier negocio, Will. Nunca debes hacerles ver que la culpa es suya, porque no te pagarán y jamás volverán. Ni ellos, ni sus amigos, ni sus muertos.

Le costó años pensar como su tío, pero al final lo logró.

El viejo Elmer, único fotógrafo en cien kilómetros a la redonda, acabó encariñándose con su sobrino. William llegó al estudio con nueve años, poco después de quedarse huérfano, y el taller se convirtió en su hogar. Elmer nunca fue un hombre cálido —más bien lo contrario— pero terminó haciendo el papel de padre, aunque sin abrazos ni palabras dulces. William lo entendía. Lo quería igual.

Fue pocos meses después de cumplir trece años cuando Elmer, sin previo aviso, lo condujo al laboratorio fotográfico de la trastienda. Hasta entonces, aquel cuarto había sido territorio prohibido: su mundo era la tienda, donde limpiaba, ordenaba y atendía a los clientes como un autómata obediente. La trastienda, en cambio, tenía otro aire. Otro silencio.

La trastienda estaba sumida en la penumbra, sin ventanas, y el aire denso olía a productos químicos. Placas, papeles y frascos se amontonaban en estantes y mesas como si nadie los hubiera tocado en años. El desorden era tal que Will creyó, con resignación, que tendría que empezar a limpiar también ese caos. Pero su tío tenía otros planes.

Elmer se acomodó en un taburete y, sin decir una palabra, tomó una maleta vieja, con las esquinas despellejadas y el asa descolorida. Le bastó una mirada para que Will se sentara a su lado y guardara silencio.

—Will —dijo con voz grave, mientras abría la maleta—, ha llegado el momento. Ya no eres un aprendiz. Desde hoy, eres fotógrafo.

Will no estaba convencido. Dudaba que las cosas cambiaran realmente, por mucho que su tío dijera lo contrario. Pero no tuvo tiempo para pensar: Elmer abrió la maleta. Un olor denso a productos químicos escapó al aire, y la bisagra chirrió como una advertencia. Dentro, cuidadosamente ordenadas, había docenas de placas de cristal. Escenas familiares, retratos sin pretensiones… o eso parecía. Algo no encajaba.

—Coge una, muchacho.

William tomó una de las placas con cautela. La observó un momento, luego levantó la vista y se encontró con los ojos de su tío.

—¿Qué te parece?

—¿La foto? No sé… son dos niñas. Nada raro.

—Te hacía más espabilado, chico. Mírala bien.

—Son las hijas de Hebert Miles. Una de ellas murió el año pasado, de fiebres.

—Cierto.

—¿Qué quiere que vea?

—¿No notas nada más?

Sostuvo la placa a la altura de los ojos. El cristal se había calentado en sus manos, y el olor químico ya no le molestaba. La observó con atención, intentando entender qué tenía de especial… y por qué su tío quería que lo descubriera por sí mismo.

—No tiene nada de especial, no entiendo por qué me hace mirar… —Se interrumpió de golpe. Había algo. Algo que no había visto antes.

Su tío sonrió.

—Dime, ¿qué has visto? —preguntó Elmer.

—Nada… —Will frunció el ceño—. Solo que Tris está borrosa, y Laura… no.

—Eres listo, muchacho. Dime por qué.

—Porque una se movió y la otra… —Se detuvo. La frase quedó en el aire. El color desapareció de su rostro. Un zumbido le llenó los oídos, como si el aire mismo se hubiese vuelto pesado. Dejó la fotografía sobre la mesa, temiendo soltarla sin querer.

—Lo sabes, ¿verdad?

—Laura murió el año pasado. Esta foto… ella…

—Muerta —lo interrumpió su tío—. Dilo, muchacho. Muerta.

Will no dijo nada.

—Sus padres querían un recuerdo de la última vez que estuvieron juntas. Y aquí está ese recuerdo.

La muerte ya no lo impresionaba. A esas alturas, Will había visto demasiadas. Pero cuando se trataba de niños, aún se le formaba un nudo en el estómago.

Caminaba hacia la casa Blackthorne, cuando el empedrado le jugó una mala pasada. Pisó un adoquín cubierto de verdín y resbaló. Logró salvar la caja de lentes —eso era lo único que jamás debía tocar el suelo. El trípode cayó con estrépito, y las piedras le arrancaron la piel de las rodillas. No se preocupó por el dolor. Se preocupó por las manchas. El verdín no perdonaba.

Entonces una mano huesuda lo sujetó por el brazo. Iba desnuda, pero el brazo vestía de negro. Tres botones brillaban como gotas de betún. Will levantó la vista. Un sacerdote.

—¿Está bien, joven? Va muy cargado… y el suelo no perdona en esta época.

Will asintió.

—Sí… gracias, padre.

Mientras recogía sus cosas, se fijó en los zapatos del hombre: cuero viejo, arrugado, con las suelas gastadas. Mucho más resistentes al verdín que los suyos. Eran zapatos de otro tiempo.

—Supongo que es usted el fotógrafo —dijo el sacerdote.

—Lo soy. Me llamaron esta misma mañana, algo poco habitual. La señorita Blackthorne falleció al alba. Lo normal es esperar al menos un día.

—No estoy acostumbrado a estas prácticas. Usted sabrá más que yo… ¿puedo preguntar por qué tan pronto?

El hombre era amable, pero había algo en él que incomodaba a William.

—Bueno… a veces, los enfermos muy graves no mueren del todo. Al menos no enseguida. Parece que se han ido, incluso los médicos lo confirman, pero… no siempre es definitivo.

—Quiere decir que la muerte puede parecer definitiva cuando no lo es. Que puede ser solo un episodio más de su enfermedad.

—Exacto. Por eso se suele esperar un día. Para estar seguros.

—En ese caso, señor…

—Silver. William Silver, padre.

—Déjeme decirle, señor Silver, que esta vez no hay duda. La señorita Blackthorne ha fallecido.

A William le recorrió un escalofrío. Las palabras del sacerdote escondían algo. Y él prefería no preguntar. Normalmente trabajaba solo, acompañado apenas por algún familiar… algún médico, a veces. Pero nunca, jamás, por un sacerdote.

—¿Es usted amigo de la familia? —preguntó.

—No de manera especial. Conozco al señor Blackthorne desde que era niño. Soy sacerdote y requirió de mis servicios. Vine de muy lejos, la verdad. Ha sido algo agotador —el sacerdote se santiguó y William se sintió incómodo. No era muy religioso.

—Disculpe, padre, no soy nadie para preguntar.

—No hijo, es usted un buen muchacho. La verdad es que debería saber algo antes de que vea el cuerpo.

William dejó los bártulos sobre una mesa y, con especial cuidado, soltó la caja de las lentes. La habitación era oscura y olía intensamente a cera. Se acercó a la ventana y corrió las cortinas. La luz entró, pálida y triste, sin cambiar demasiado la penumbra del lugar.

Desde el interior de la casa llegaba un murmullo monótono, como un rezo apenas comprendido. Se quitó el abrigo y se volvió hacia el sacerdote.

—No se preocupe, padre. Aunque soy joven, llevo haciendo esto desde que era un crío.

El sacerdote lo observaba en silencio. Fue entonces cuando William reparó en su rostro: pálido, con sombras hundidas bajo los ojos. Se le notaba exhausto. Movió el cuello con visible incomodidad. Llevaba puesto el alzacuello, pero lo apartó un instante con la mano, y entonces Will lo vio. Un arañazo profundo, enrojecido, como hecho por uñas desesperadas.

—No dudo de su experiencia, señor Silver —dijo el sacerdote—. Pero mucho me temo que lo que va a ver… no es algo que uno vea en toda una vida.

William se le quedó mirando. El murmullo se intensificó y entonces, William supo que eran llantos y lamentos. Cuando él acudía a una casa, aquella fase había pasado. Muchas madres rompían a llorar de repente, pero a esas alturas lo normal era encontrarse con rostros inexpresivos que aceptaban lo sucedido como algo inevitable: la muerte.

Se escucharon pasos al otro lado de la puerta. Las bisagras se quejaron al abrirse de par en par. Un hombre de rostro amable entró cargando unas ropas entre las manos. Era el señor Blackthorne.

—Padre. Señor Silver —saludó con una leve inclinación.

Ambos hombres devolvieron el gesto.

—Lamento su pérdida —dijo William.

—Gracias, señor Silver. Ha sido todo tan… tan repentino —respondió, tragándose las lágrimas.

—Resignación, Peter —dijo el sacerdote con suavidad—. Hicimos lo que pudimos. Ahora sabemos que está en paz.

—Mi esposa quería preparar a Diana, pero no se ve capaz. Yo…

—No se preocupe, señor Blackthorne. Esa parte también es parte de mi trabajo. Si una doncella puede ayudarme, me bastará.

A William ya no le afectaba el contacto con la piel fría, aunque el olor, a veces, seguía siendo difícil de soportar.

—Solo queremos terminar con esto cuanto antes —dijo el hombre, abatido.

—Entonces deme eso, y por favor, envíe a una doncella —dijo Will, tomando las ropas.

El señor Blackthorne rompió a llorar. Salió sin decir una palabra y cerró la puerta tras de sí. William dejó la ropa sobre la mesa y abrió su bolsa. Extrajo un par de botes con aceites y algunas esencias: facilitaban la preparación del cuerpo, en especial si la rigidez se había instalado. Con menos de doce horas desde el fallecimiento, sería probable.

—Peter fue mi alumno, hace muchos años —comentó el sacerdote—. Fui maestro antes de ser sacerdote, en una época en la que usted ni siquiera habría nacido.

Hizo una pausa.

—Lo que ha sucedido con la pobre Diana… es difícil de superar.
—La muerte es así. Nos arrebata a los que amamos y nos deja con preguntas sin respuesta —dijo Will—. Pero el tiempo enseña. No olvidamos… solo aprendemos a vivir sin ellos.

—Habla con madurez, señor Silver.

El sacerdote bajó la voz.

—Pero, antes de que vea el cuerpo de la joven Diana, hay algo que debería saber.

El tono del sacerdote era oscuro, tanto como la habitación en la que estaban. William no sabía qué buscaba con aquello. ¿Pretendía asustarlo? Había visto suficientes cadáveres como para que algo así lo perturbara.

—Dígame entonces, padre.

—La joven Diana no estaba enferma… no de una enfermedad que un médico pudiera tratar —respondió el sacerdote.

William pensó de inmediato en un suicidio: colgarse de una viga, saltar desde lo alto de la casa. Pero la expresión del sacerdote, su presencia allí, le sugerían otra cosa.

—Ella padecía un mal del alma que creímos haber resuelto. Pero no fue así… —el sacerdote bajó la mirada, dolido—. Hace unos días, Peter envió a su cochero a buscarme. Cuando supe que me necesitaba, estando tan lejos, entendí que aquello que creíamos zanjado… nunca lo estuvo.

Se cubrió el rostro con ambas manos. Luego miró a William, y continuó:

—Durante los últimos tres días luchamos contra la fuerza que se apoderó de ella. Y yo… no lo logré. Ella no resistió.

—No comprendo, padre —dijo Will—. ¿Qué quiere decir? ¿Y por qué debo saberlo antes de ver el cuerpo? Solo soy fotógrafo. No hago preguntas ni juicios. Preparo al difunto y hago mi trabajo lo mejor que puedo.

El sacerdote alzó la vista. Sus ojos estaban rojos, hundidos, y por un instante, su rostro se transformó. A Will le pareció ver una calavera. No porque el hombre estuviera muerto, sino porque conocía ese rostro: lo había visto en los cuerpos cuando la grasa de la piel desaparecía y el hueso quedaba a la vista.

—Quien no comprende es usted, joven. La muchacha murió a causa de esa fuerza que no pude vencer. Murió… durante el ritual.

William guardó silencio. No entendía del todo. Nunca escuchó que la señorita Blackthorne estuviera enferma, aunque sí había rumores sobre su salud mental. Pensó que quizá se había quitado la vida. Cuando lo llamaron, no preguntó. Un fotógrafo ha de ser discreto, le había enseñado su tío. Su trabajo era ofrecer lo que se pedía: vida eterna al difunto y silencio absoluto.

Pero ahora, saber cómo había muerto lo inquietaba. Nunca había definido del todo sus creencias. Hacía tiempo que no se planteaba la existencia de Dios, pero tampoco había pensado que creer en Dios implicaba creer también en otras cosas. Cosas terribles, que no quería imaginar.

—Comprendo su silencio, joven. Pero debe saber que lo que está por ver no es lo que espera. Diana sufrió. Tres días de lucha y agonía… y, tristemente, ni ella ni yo fuimos capaces de resistir.

—¿Murió durante un exorcismo? —se atrevió a preguntar.

—Sí. Y mucho me temo que el deseo de los señores Blackthorne se verá afectado por ello. La muerte ya es horrible. Pero la muerte tras esta lucha… es inquietante. ¿Quiere que lo acompañe?

El sacerdote lo había asustado. William conocía la muerte. Sabía que cada cuerpo era distinto. No era lo mismo morir por enfermedad que por accidente, ni hacerlo tras una larga vida o tras solo unas pocas primaveras. Aunque la muerte fuera siempre la misma, la forma en que uno cruzaba ese umbral marcaba a los vivos.

Los muertos, al fin y al cabo, estaban muertos.

—No es necesario, padre. Saber que cuento con su apoyo me reconforta —dijo Will.

—Estaré con la señora Blackthorne. Rezaremos por el alma de la joven Diana. Si cambia de opinión, hágamelo saber, por favor.

El sacerdote se marchó, y William quedó solo.

Preparó lo necesario con meticulosidad. Cuando terminó, se sentó a esperar. No pasó mucho tiempo hasta que una doncella entró para recoger las ropas que el señor Blackthorne había dejado. Sin decir palabra, le indicó que la siguiera por el pasillo de servicio.

La alfombra gruesa amortiguaba los pasos, envolviendo el silencio con una extraña pesadez. A Will lo asaltó una inquietud inesperada. Por segunda vez en su vida, temía cruzar la puerta que lo separaba del cuerpo.

La primera fue con un anciano. Su tío había decidido que aquel sería su bautismo en la muerte.

«La muerte es igual para todos, muchacho. Pero para los vivos es más que un hecho. El hombre que yace tras esa puerta ya no es un hombre: es un cuerpo. Y aun así, se le debe el mismo respeto que a quien lo habitaba. Al muerto ya nada le importa, pero a los vivos sí. Para ellos, sigue siendo su padre, su abuelo, su hijo.»

La doncella se detuvo ante una puerta entreabierta. Por la rendija se colaba el olor espeso del incienso y un llanto ahogado que apenas se oía.

Se volvió hacia Will e hizo un gesto para que entrara.

La sala era tan oscura como la anterior. El olor a incienso lo invadía todo. Las ventanas seguían cubiertas por cortinas cerradas y la chimenea, apagada, mantenía la habitación en penumbra.

Un par de espejos colgaban a ambos lados de la chimenea, duplicando la escena con un aire espectral. Reflejaban a las mujeres sentadas en el sofá: una de ellas, con la mirada perdida, apretaba un pañuelo entre los dedos y lo retorcía una y otra vez. Debía de ser la madre.

A su lado, dos muchachas jóvenes —parientes, quizá primas o hermanas— lloraban en silencio. Sentada junto a la señora, una mujer algo más joven, con los mismos rasgos pero más delgada, le apoyaba la mano en el hombro. En la otra, sostenía su propio pañuelo, ya empapado.

Al otro lado, el sacerdote rezaba el rosario en voz baja.

Cerca de la ventana cubierta, un grupo de hombres hablaba en voz queda. Entre ellos estaban el médico y el señor Blackthorne.

Al ver entrar a la doncella y a William, alzaron la mirada. Will los saludó con una inclinación. Luego se volvió hacia las mujeres e hizo un leve gesto de pésame. La señora Blackthorne asintió con los labios apretados. Las muchachas no lograron contenerse y rompieron a llorar. El sacerdote respondió con un leve movimiento de la mano, sin detener sus oraciones.

La doncella reanudó la marcha. Will la siguió por otro pasillo, esta vez bien iluminado, pero donde el olor a incienso era aún más penetrante.
Alguien se había esmerado para que todo en la casa oliera igual: como si el aroma pudiera ocultar lo que estaba a punto de revelarse.

Al llegar a la puerta del dormitorio, la doncella se detuvo. Se santiguó y miró a William. En sus ojos había miedo.

La mano de la joven giró lentamente el pomo, y a Will se le aceleró el pulso. El recuerdo de su primer encuentro con la muerte volvió con nitidez. La puerta se abrió en silencio, revelando la habitación donde descansaba el cuerpo.

El cuarto estaba a oscuras, salvo por dos velas colocadas a cada lado de la cama. Al pisar la alfombra, William sintió el ambiente espeso, como si el aire estuviera cargado de humedad y calor, y la habitación no se hubiera ventilado en días.

El olor de las velas era desagradable, y sus llamas chisporroteaban con inestabilidad, a pesar de que aún quedaba más de un palmo de cera. Y hacía frío. Un frío intenso, distinto al del invierno.

La doncella dejó la ropa sobre la cómoda. Will, que no conocía el cuarto, avanzó con paso lento. Miró hacia la cama… y lo que vio lo detuvo en seco.

Sobre el colchón yacía un cuerpo que apenas recordaba a la muchacha que él había visto pasear por el parque. La habían colocado de lado, incapaces de moverla a otra postura. La columna, curvada de forma imposible. Los brazos, retorcidos en ángulos inhumanos. Las manos parecían garras. Los pies, girados hacia dentro.

William llegó a la cómoda y dejó sus utensilios junto a la ropa. La criada no miraba el cuerpo. Él tampoco. Pero sabía que tendría que hacerlo. No podía trabajar así.

—¿Cree que puede hacer algo? —preguntó la joven, nerviosa—. Mi hermanito murió de fiebres el año pasado. Usted lo preparó. Parecía dormido… en paz. Pero ella… su rostro no está en paz.

—Nunca es fácil —respondió Will, con voz serena, aunque no reflejaba cómo se sentía por dentro—. Pero mi tío me enseñó todo lo necesario. ¿Puedo contar con su ayuda? Siempre es más fácil si no estoy solo.

La doncella lo miró con resignación. Luego, en silencio, llenó una palangana de porcelana con agua de una jarra.

Will la colocó sobre la mesilla. Al mirar hacia la cama, notó que la pared, justo encima del cabecero, estaba arañada. El papel pintado había desaparecido en casi todo ese tramo. El frío era aún más intenso alrededor del cuerpo.

Ahora, junto al cadáver, pudo verlo con claridad. El rostro estaba vuelto hacia el lado contrario. A pesar de la escasa luz, Will distinguió las puntas de los dedos: en carne viva. Comprendió, entonces, de dónde venían los arañazos en la pared. La piel, con tonos violáceos, estaba salpicada de hematomas. No había otras heridas. Solo los dedos.

—La señorita era buena —sollozó la doncella—. ¿Por qué le ha pasado esto?

—No lo sé… créame que no lo sé —respondió Will, perdido. Nunca había visto un cuerpo así. No estaba seguro de poder lograr el retrato que la familia esperaba—. Ayúdeme a estirar las piernas.

La doncella lo miró con terror, pero no dijo nada. Se acercó en silencio.

Will sujetó el tobillo. Estuvo a punto de soltarlo. Sabía que un cuerpo muerto estaba frío. Más frío de lo que cualquier vivo podía imaginar. Pero aquel cadáver… era otra cosa. Sentía que el frío iba a quemarle las manos.

La doncella agarró el cuerpo por la cintura. El fotógrafo tiró con fuerza.

La pierna cedió de golpe, como si fuera de trapo. El crujido la hizo gritar, aunque las paredes apagaron su voz. Fue más fácil de lo que Will esperaba. Siguieron con el resto del cuerpo. Pero la columna… era otra historia.

Con movimientos automáticos, Will rodeó la cama. Había apartado el miedo, convertido ya en hábito. Se preparó para mover la cabeza.

Pero al ver el rostro… se le cortó la respiración.

Los ojos, sin brillo, miraban un punto fijo en el vacío, dejando casi todo el globo ocular a la vista. La mandíbula estaba contraída, tensada en una mueca de dolor atroz. El cabello, negro como la obsidiana, se extendía revuelto sobre la almohada, enmarcando aquel gesto.

—¿Siempre es así? ¿Mi hermanito también estaba tan rígido? —preguntó la criada.

Will asintió. No se atrevió a hablar. Sabía que los cuerpos jóvenes se endurecían más, aunque la rigidez solía pasar rápido. Pero este… este parecía de madera.

—Era buena conmigo —añadió ella, en voz baja—. Siempre fue buena.

Will giró el cuerpo para acercarlo al borde de la cama. Le pidió a la doncella que subiera para sujetarlo mientras él giraba el cuello. La joven obedeció, temblando, y abrazó a lo que quedaba de su señora.

El fotógrafo apartó con delicadeza el cabello del cadáver para sostenerle la cabeza. Al apoyar las manos en las mejillas, un frío punzante le atravesó los dedos. Un escalofrío subió por su columna.

Justo cuando iba a girar la cabeza, el aire se llenó de un hedor a podredumbre. Las velas chisporrotearon violentamente.

—Por favor… que no se apaguen —suplicó la doncella.

Will no se detuvo. Aplicó toda su fuerza y giró el cuello.

El crujido fue seco. Aterrador.

Y entonces los ojos se movieron.

Miraron a Will. Fijos. Como si aún quedara algo allí dentro.

Él retrocedió, tropezó con la alfombra y cayó hacia atrás. La doncella gritó.

Y las velas se apagaron.

La oscuridad se hizo total.

Todo quedó en silencio. Solo se oían las respiraciones agitadas del fotógrafo y la doncella.

Will intentó incorporarse, pero no podía. Nada lo sujetaba, pero su cuerpo no respondía. El corazón le latía con violencia; sentía cada golpe retumbar en los oídos. El aire no le llegaba. Estaba mareado.

Al otro lado de la cama, la doncella sollozaba. Will, inmóvil, le gritó:

—¡Las velas! ¡Encienda las velas!

Escuchó que la chica se movía, rebuscando en la mesilla. Entonces, desde el suelo, Will oyó un siseo. Algo se deslizaba sobre la cama, rozando las sábanas. Lento. Con esfuerzo.

Contuvo el aliento.

Una cerilla rasgó el silencio. No prendió. Solo una chispa fugaz, suficiente para iluminar un segundo la cama.

Will lo vio.

El cuerpo de la señorita Blackthorne se movía.

No podía ser. Era imposible. Y, sin embargo, se movía.

Su corazón se detuvo. Una arcada le subió por la garganta. El hedor a podredumbre se intensificó. El frío lo traspasaba. El sonido que venía de la cama era ensordecedor.

Algo golpeó el suelo.

Will supo qué era.

Tenía que huir.

La doncella encendió otra cerilla. En ese breve destello, lo vio con claridad. Frente a él, arrastrándose sobre la alfombra, avanzaba el cuerpo. No caminaba. No se sostenía. Se deslizaba. Lento, pero constante.

La cerilla se apagó antes de prender la lámpara.

Will, sin poder ponerse en pie, se arrastró. La alfombra era un campo espeso. Desde algún punto, el sonido de las cerillas y el raspado de la lija llenaban el aire, pero ya eran parte del delirio. A veces, una chispa le permitía ver a lo que se acercaba.

El cuerpo avanzaba, deshecho. Brazos como trapos, piernas lacias. El cuello torcido, la cabeza colgando, el cabello cubriéndole el rostro.

Will sabía que aquello no podía pasar. Él mismo había roto esas articulaciones. Nada muerto se mueve.

El hedor era insoportable: a podredumbre, a quemado. Cada bocanada de aire era más difícil que la anterior.

El sonido del arrastre sobre la alfombra era atronador.

Will se movía lento. Lo que venía hacia él, no.

Cuando su espalda chocó contra la pared, supo que estaba acorralado.

Era cuestión de tiempo.

El siseo avanzaba, impasible. Ni más rápido, ni más lento. Constante.

Y justo cuando el hedor se volvió irrespirable… una mano gélida y fuerte le atrapó el tobillo.

Gritó.

Sintió el frío subirle por la pierna.

Y entonces, la doncella encendió la lámpara.

Will seguía en el suelo, contra la pared más alejada de la cama. Estaba pálido, tembloroso. La sirvienta lo observaba, con el pecho agitado y la cerilla humeante aún entre los dedos.

Sobre la cama, el cuerpo de la señorita Blackthorne volvía a estar inmóvil.

La cabeza reposaba en su lugar.

—¿Se encuentra bien, señor Silver? —preguntó la doncella, sin dejar de mirarlo.

Will se levantó y se acercó a la cama. El tobillo le dolía. Su orgullo, más aún. ¿Había pasado algo? ¿O había perdido la razón, aunque solo fuera un instante?

No dijo nada. Le indicó a la doncella que todo estaba bien. Debían continuar.

Sacó un frasco de aceite y se lo tendió.

—Masajee la piel del rostro. Así recuperará algo de la suavidad que tenía en vida —explicó, con la voz aún tensa—. También ayudará a borrar la expresión con la que murió.

Cuando terminaron de vestirla con las ropas elegidas, solo quedaba trasladar el cuerpo al lugar donde se haría el último retrato de la señorita Blackthorne.

Dos mozos trajeron una camilla improvisada y la llevaron hasta el invernadero —su lugar favorito. Con la ayuda de Will, la colocaron en un gran sillón de mimbre, que crujió al recibir el peso del cadáver. Al soltarla, la cabeza cayó hacia un lado, los ojos en blanco, la mirada vacía y terca.

Uno de los mozos, el menos escrupuloso, intentó colocarla varias veces, pero la cabeza volvía a caer, como si se negara a obedecer.

Will rebuscó en su bolsa. Sacó un par de alambres y se los entregó. Aprovechando los huecos del respaldo, los pasaron por detrás del cuello. La ataron con precisión, como si ejecutaran una sentencia. Will se estremeció al pensarlo.

La doncella cubrió el alambre con la puntilla del vestido. La cabeza quedó erguida. Los ojos, blancos, parecían mirar cada movimiento del invernadero. Las faldas se abrían a su alrededor como una flor inerte.

Cuando todos se marcharon, Will se quedó a solas con el cuerpo. Preparó su cámara. Quería terminar cuanto antes.

Bajo la luz tenue del sol invernal, lo ocurrido en la alcoba parecía lejano, casi irreal. Recordaba el frío de aquella mano en su tobillo. Y aún así, se repetía que no había pasado nada.

Mientras montaba el trípode, evitó darle la espalda al cuerpo. Se sentía observado. Sabía que no había pupilas que lo siguieran, pero no podía quitarse de encima la sensación de que alguien —o algo— lo vigilaba.

Ajustó la luz, la distancia, el enfoque. Solo quedaba un detalle: los ojos.

Después de la muerte, los globos oculares pierden su firmeza. Se hunden, resbalan, no se mantienen en posición. Will se acercó al cuerpo con una pequeña espátula, parecida a una cuchara. Tiró suavemente del párpado e introdujo el instrumento. Con delicadeza, giró el globo ocular y lo colocó. Repitió la operación con el otro ojo. Luego fue a lavarse las manos.

Preparó las dos cámaras que utilizaría. La primera tomaría una placa negativa. Debía hacerlo con rapidez: la humedad era esencial para todo el proceso. La segunda, un daguerrotipo. Como los que hacía su tío. Ya no era rentable, pero él seguía la tradición. Una placa más para la colección de Elmer Silver.

Dejó preparada la cámara del daguerrotipo. Luego improvisó un cuarto oscuro junto al invernadero para bañar la otra placa con líquido fotosensible. Cargó la cámara, regresó, y se colocó en el lugar marcado.

Ajustó las lentes, abrió el diafragma. No tardó un minuto.
Cerró el objetivo, retiró la cámara y colocó la segunda. Quitó la tapa. La luz haría su trabajo. Esa toma necesitaría más de quince minutos.

Regresó al cuarto oscuro para revelar la primera placa.

El olor de los productos químicos era intenso, pero no se comparaba al hedor de la alcoba. El recuerdo le aceleró el pulso.

Sabía que no debía dejarse llevar por el miedo. Había hecho decenas de retratos. Nunca había pasado nada. Pensó en el sacerdote. Quizá fue su voz, sus palabras. O el cuerpo de la joven. Contorsionado. Doloroso.
Eso fue lo que le había alterado.

En la placa revelada apareció el negativo. Miró su cronógrafo: aún quedaban minutos para que el daguerrotipo se completara. Había preparado algunas láminas secas con albúmina. Fijó una sobre la placa recién revelada y salió al invernadero. La luz era tenue, pero suficiente. Se acercó a una zona sin sombras ni reflejos y colocó la placa sobre el papel. El sol se encargaría del resto. Se aproximó a la cámara. El daguerrotipo seguía formándose.
Miró al cuerpo.

Sentado en el sillón, parecía vivo. Como si el horror de su muerte hubiera quedado atrás. Los ojos… seguían allí. Vacíos. Acuosos. Will pensó si no habría sido mejor haberlos pintado en los párpados. Pero ya no quería repetir el proceso.

Solo quería marcharse.

El tictac del cronógrafo cesó. Cerró el objetivo con cuidado. Desmontó la cámara, la guardó en su estuche acolchado. Más tarde, en el laboratorio, revelaría la placa.

Recogió el resto de su equipo.

Llamó a una criada.

Ya podían llevarse el cuerpo.

—Voy a llevar mis herramientas al estudio —dijo Will—. Nadie debe tocar la placa junto al estanque. Aún necesita tiempo. Me dará tiempo a ir y volver.

La criada asintió y lo acompañó hasta la puerta.

Will marchó al estudio, donde dejó sus bártulos, salvo una bolsa con lo necesario para fijar la imagen al papel expuesto.

Cuando volvió, el invernadero estaba vacío. Pero el sillón de mimbre seguía allí, impasible. Al mirarlo, sintió un escalofrío. Volvió a ver esos ojos sin vida.

Se acercó al estanque y recogió la placa. Separó el cristal del papel con delicadeza y observó el resultado. Era perfecto.

Sacó una pequeña cubeta, vertió líquido fijador y sumergió la película. Luego la enjuagó con agua destilada y la dejó secar, observando el resultado final. La copia era impecable.

Montó el negativo y la imagen en un estuche. La placa de cristal serviría para futuras copias. Luego abandonó el invernadero y se dirigió a la sala donde velaban el cuerpo de la señorita Blackthorne.

—¿Ya ha terminado, señor Silver? —preguntó el sacerdote.

—Sí, padre.

El señor Blackthorne se levantó y le pidió que lo acompañara al despacho. Allí, tomó asiento en su sillón. Will le entregó el estuche.

El hombre lo sostuvo entre las manos, sin abrirlo.

—Diana era una niña muy especial —dijo, sin alzar la vista—. Ya sé que era una dama… pero para mí siempre fue mi niña. Ha sido horrible. Lo más duro que he vivido. Y la forma en que se fue…

Levantó la mirada y miró a Will a los ojos.

—Usted la vio.

Will asintió. No quería hablar de lo que creía haber presenciado. El tobillo aún le dolía. Pero seguía diciéndose que era imaginación.

—Nunca es fácil, señor —dijo—. He visto muchas familias rotas por el dolor. Sé que no desaparece, pero… con el tiempo, uno aprende a vivir con él.

—Es usted sincero. Se lo agradezco. He escuchado muchas veces que este dolor pasará… pero yo sé que no. Este dolor no puede irse nunca.

—No —dijo Will—. Pero podrá aprender a vivir con él.

El señor Blackthorne suspiró, conteniendo las lágrimas.
Abrió el estuche. A la izquierda, la placa con el negativo. A la derecha, la imagen viva de la difunta. Una lágrima le cruzó la mejilla.
Alzó la mano y tocó el cristal, como si acariciara alas de mariposa.

—Mi Diana… —susurró—. Casi parece viva.

Will esperó en silencio a que se recompusiera.

—Si desean más copias, se pueden hacer a partir del negativo —dijo, señalando la izquierda del estuche—. No lo manipulen directamente. Y si es posible, no lo saquen del estuche. Se conservará mejor.

—Mi niña ya no está. Pero esto… esto permanecerá con nosotros —murmuró. Cerró los ojos. Cerró el álbum.

Se levantó y lo dejó sobre la mesa de roble del despacho. Rebuscó entre unos papeles y sacó un sobre. Se lo entregó a Will.

El fotógrafo lo tomó. Era más grueso de lo que esperaba. El señor Blackthorne notó su expresión.

—He añadido una compensación por su trabajo. Todos vimos el estado en que estaba Diana. Y usted ha superado nuestras expectativas.
Su tío era un gran hombre y un excelente profesional. Me alegra que encontrara a alguien a su altura para continuar su legado.

—Gracias, señor. Pero no era necesario. Solo he cumplido con mi deber.

El señor Blackthorne lo despidió con un gesto.

Will salió del despacho con su bolsa. Era la hora del almuerzo, pero no tenía hambre.

Ya lejos de la casa, y sin nadie con quien hablar de lo que creía haber vivido, empezó a convencerse de que nada había pasado.

La oscuridad convierte lo imposible en real… con la misma facilidad con que la luz lo borra.

Llegó al estudio y fue directo a revelar el daguerrotipo.

Ya en la cubeta, lo vio.

Algo que no estaba en el invernadero. En la primera copia no aparecía: la exposición había sido corta. Pero la exposición larga lo había captado. Parecía humo. Más sólido que humo. Lo rodeaba todo. El cadáver incluido.

Su tobillo empezó a doler.

Will no podía apartar la mirada del cristal. Junto al rostro de la señorita Blackthorne… había algo más.

Tomó una lupa. La acercó al daguerrotipo. Sí. Era humo.

Pero cuando acercó el cristal al rostro sin vida y vio lo que había al lado, la lupa se le escurrió de los dedos. Cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.

El tobillo le latía con fuerza. El pulso se aceleró. La respiración, entrecortada, lo devolvió al mundo de los vivos.

Dejó la placa sobre la funda. Se inclinó, conteniendo el aliento.

Junto al rostro de la joven… había otro rostro. Deforme. Maligno. De ojos brillantes, como los de un gato atrapado en la luz. Una sonrisa burlona, repleta de dientes afilados. Una garra huesuda apretaba el cuello de la joven.

Y aquella cosa —lo que fuera— miraba a la cámara.
Fijaba sus pupilas en el objetivo, como si supiera que lo estaban retratando. Como si desafiara al mundo. Como si dijera: “Estoy aquí. Siempre he estado aquí.” Will deseó no haber hecho esa toma.

¿Era real lo que veía? ¿O su mente volvía a arrastrarlo al miedo?

Solo era humo, se dijo. Tenía que ser humo. Se aferró a la duda como quien se agarra a un clavo ardiendo para no hundirse.

Se sentó en un taburete. Levantó el bajo del pantalón.
Bajó el calcetín. En el tobillo, la marca de tres dedos. Largos. Estrechos. Una quemadura. Ampollas. Piel enrojecida. Se quedó allí, sin moverse.

Intentó convencerse de que había mil explicaciones. Que se había herido al caer. Que la exposición larga podía registrar cosas indeseadas.
Sombras. Doble imagen. Algún fallo. Pero no le sirvió de nada. Se armó de valor y guardó la placa en una caja. Quería destruirla. No se atrevió. La metió en un cajón.

Salió del estudio. Caminó hasta la taberna más cercana. No solía beber. Pero necesitaba ruido, gente. Olvidar.

Algo que aquella marca en su tobillo… no le permitió nunca jamás.

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