No había mejor luz para coser que la natural. Victoria, sentada en la misma silla que una vez ocupó su maestra, deslizaba la aguja sin pausa. La aguja entraba y salía de la tela; a su paso, el hilo de seda brillante dibujaba la costura. Estaba sola; aun así, se sentía custodiada por sus particulares compañeros silenciosos: un maniquí en el que lucía sus trabajos y un perchero repleto de vestidos terminados.
Levantó la vista de la labor y buscó con los ojos entrecerrados las tijeras.
¿Otra vez las has perdido?
Aquella frase se repetía en su cabeza varias veces al día. Su maestra siempre la regañaba cuando le pedía las tijeras y estas no aparecían por ninguna parte.
Ya no sabes ni reñirte a ti misma, que todavía tienes que escucharme a mí.
Victoria sonrió y se levantó para buscarlas entre el desorden de la mesa. Las encontró más rápido de lo habitual gracias a una solución ingeniosa que implementó semanas atrás: había unido las tijeras a su mesa mediante una cadena de bronce. El único problema era que había que dar con la cadena para seguir el rastro y su mesa estaba llena de todo tipo de trastos que dificultaban en extremo la tarea.
Volvió a la labor. Justo cuando cortó el hilo, la campanilla que anunciaba la entrada de una clienta tintineó. Dejó el vestido sobre la silla, las tijeras en la mesa, se colocó la falda que había diseñado para cubrir sus cómodos pantalones y apartó las cortinas que separaban el taller de costura de la tienda.
—¡Buenos días, señorita Victoria! Necesito un vestido para la fiesta de esta noche. ¿Puede ayudarme?
—¡Por supuesto, señorita Clara! Es algo que hago todos los días, un vestido en… —Victoria miró el reloj y vio que quedaban tres horas para cerrar— ¿Dos horas, digamos?
—¡Sabía que venía al lugar adecuado, querida!
Clara se quitó el sombrero y Victoria vio que no había entrado sola. Junto a ella había un caballero muy elegante, aunque un poco gris: su padre, el señor Driven.
—Acompáñenme al taller, por favor —les indicó Victoria sujetando las cortinas.
—¡Claro! Pero he venido sola, Victoria querida —dijo Clara mientras pasaba junto a ella.
—Ya, ya, perdone mi despiste —dijo Victoria guiñándole un ojo al señor Driven, que se quitó el sombrero al pasar junto a ella.
Victoria sacó el metro. A diferencia de las tijeras, siempre sabía dónde lo tenía. Había confeccionado un cinturón con algunos compartimentos para llevar sus útiles de costurera a todas partes. Las tijeras habían tenido su propio enganche al cinturón, hasta el día en que se las clavó al sentarse y prefirió continuar con su búsqueda eterna en la mesa infernal de su taller.
—Señorita Driven —le dijo Victoria mientras anotaba en un trozo de papel sus medidas—, ¿podría indicarme algo sobre el traje que desea? ¿Es para una fiesta importante?
—Muy importante, la de ese nuevo rico que la pretende —protestó el señor Driven. Victoria lo miró de reojo, lo justo para ver su ceño fruncido y su bigote encrespado.
—¿Para la fiesta del señor Warehouse? —soltó Victoria sorprendida.
—Al final voy a creer eso que dicen de usted, querida Victoria —le contestó Clara sonriendo.
—¿Y qué dicen por ahí?
—Bueno, que es usted vidente.
—¿Vidente yo? No, qué va. Ha sido suerte, supongo.
Mientras Victoria tomaba las medidas, su mente corría a mil por hora para idear una solución. Clara, aunque era su clienta más exigente, también era la más valiosa. Hacer un vestido en tan solo un par de horas sería un verdadero reto. Y necesario.
El señor Driven se alejó de ellas y Victoria no quiso ver qué hacía. Las dos mujeres se acercaron a un perchero en el que colgaban vestidos de gala a medio confeccionar. Clara no parecía estar muy conforme con la idea, pero Victoria se lo explicó lo más dulcemente que pudo. No podía coser un vestido decente desde cero en tan poco tiempo. Eligió un par de vestidos de seda y terciopelo de color zafiro, el preferido de Clara, y la convenció para que se los probara.
—Este color está pensado para las mujeres con el rubio rosado que usted tiene, Clara —le dijo y la joven se marchó encantada detrás del biombo que hacía las veces de probador.
El señor Driven se acercó a Victoria y le pidió que le entregara a su hija el vestido que estaba en el maniquí, un hermoso dos piezas de seda pura y pedrería. Era un vestido muy arriesgado que había diseñado la propia Victoria por placer.
—Señor Driven, todas las chicas llevarán vestidos opulentos y pomposos. Ese vestido no está pensado para la moda actual, me temo. Su hija podría hacer el ridículo —le dijo Victoria muy bajito, no quería que Clara la escuchara.
—¡Tonterías! Ese vestido es perfecto para mi Clara, pero ella no se atreverá a llevarlo si no se lo ofrece usted. —El señor Driven tenía un brillo muy intenso en la mirada.
—Ya me ha costado convencerla de probarse dos vestidos preciosos, no querrá arriesgarse, la conozco —protestó Victoria susurrando.
—No me gusta mucho ese tipo, el tal Warehouse, pero creo que es lo que mi Clara quiere y estoy convencido de que con ese vestido y el broche de su abuela logrará su atención. Ese vestido parece diseñado por alguien que ha elegido ese broche como inspiración.
—Está bien, se lo ofreceré cuando se pruebe esos que le he dado.
Victoria miró el vestido en el maniquí, acariciando suavemente sus hombreras. Era un diseño único, capaz de hacer que cualquier mujer destacara. Pero había un riesgo inherente: era demasiado atrevido, podría convertirse en el blanco de las burlas de las damas más conservadoras de la fiesta.
—Mi Clara tiene que brillar esta noche, se lo prometí a su madre antes de que muriera.
—¿Por eso se quedó usted? ¿Por eso no ha cruzado ya al otro lado?
—Por eso y porque no puedo marcharme en paz sin ver a mi hija bien casada. Bueno, por eso y por lo otro.
—¿Lo otro?
—Sí, el broche, del que le he hablado —le dijo a Victoria mirándola a los ojos—. No se lo entregué nunca y ella no lo ha encontrado. Tal vez usted podría decirle dónde está.
—No me gusta esto. —Victoria suspiró. Un nuevo fantasma que le pedía algo que ella no podía saber. Una historia más a su historial como vidente entre sus clientas.
El señor Driven le dio indicaciones para que su hija encontrara el broche. Cuando Clara terminó de probarse los vestidos y se miró hasta desgastar los espejos, Victoria aprovechó para indicarle que tenía una pieza única que la ayudaría a triunfar esa noche. Se acercó al maniquí y Clara torció el gesto. En su mirada se reflejaba que le gustaba el vestido, pero había temor y prudencia en sus ojos.
—No se parece a nada que haya visto antes —dijo.
—Bueno, el vestido es único y si esta noche desea llamar la atención de alguien, es una forma de lograrlo. Potenciará sus encantos y combina con el color de su cabello.
Clara se acercó al maniquí y acarició la seda. Victoria había bordado flores con pedrería y jugaba con las transparencias del corpiño.
—Es arriesgado.
—Nadie llevará algo parecido —añadió Victoria—. El señor Warehouse se fijará en usted sin duda.
—¿De verdad piensa que este es el vestido que debo llevar? —Clara parecía casi convencida.
—Absolutamente.
La muchacha dio un par de vueltas alrededor del maniquí y a la mitad de la tercera se decidió.
—¿Podría probármelo?
—Por supuesto, así puedo ver si necesita ajustes, para que vaya impecable.
—Ya la ha convencido; si se lo prueba, se lo llevará —dijo con entusiasmo el señor Driven.
Clara entró en el probador y salió al momento con el vestido abierto. Victoria se acercó y lo cerró. Le quedaba casi perfecto, pero necesitaba un par de ajustes menores.
—No se mueva, que voy a usar unos alfileres —le dijo Victoria—. Ya está, mírese en el espejo.
Clara se miró y no pudo evitar una sonrisa.
—Tiene usted unas manos únicas, Victoria querida. Es precioso: la caída de la falda, la curva del corpiño… Empiezo a pensar que seré la envidia de la noche —dijo Clara sin dejar de mirarse.
—Entonces, déjeme corregir estas costuras y se lo llevo a su casa en cuanto termine. Así podrá irse y comenzar a arreglarse —le propuso Victoria.
Clara aceptó y se marchó junto con su padre. Victoria cerró la tienda. No podría aceptar más clientas esa tarde: tenía un vestido que retocar en un tiempo récord.
Cuando terminó, se quedó un momento mirando el vestido. Lo había diseñado hace mucho tiempo y lo había confeccionado hacía poco, en los ratos libres que le quedaban por las tardes. Ahora lo perdería para siempre y se había acostumbrado a verlo en el maniquí. Pero era un vestido. Y por fin serviría para lo que había sido creado. Sus clientas pocas veces aceptaban un diseño totalmente suyo. Hacían encargos que ya traían ellas en la cabeza. Pero esta vez su obra luciría en una gran fiesta.
Se cambió de ropa y se cubrió con un abrigo largo. Envolvió con cuidado el modelo y lo introdujo en una caja que cerró con un lazo de seda rojo, por supuesto.
Las calles estaban repletas de trabajadores que regresaban a sus casas tras la jornada terminada. El olor húmedo del frío le resultaba agradable. Vio algunos coches que se dirigían sin duda a la fiesta. Era un gran acontecimiento. La primera gran celebración del señor Warehouse en Brasshood desde su llegada. Victoria sonrió. Sin duda, ese hombre se fijaría en la señorita Clara en cuanto entrara en el salón de baile. El vestido era llamativo. Aquello también le producía cierto vértigo. Si el señor Warehouse se quedaba prendado de Clara, el vestido sería tema de conversación y ella como modista podría ganar alguna clienta. Si la ignoraba, su vestido también coparía los corrillos y su reputación como modista podría verse afectada.
Llegó hasta la casa de los Driven, llamó al timbre y esperó a que la hicieran pasar. Dentro el ambiente era acogedor. La luz tenue de las lámparas de gas se reflejaba en algunas esculturas que adornaban la sala de estar a la que la pasaron. La señorita Clara apareció entusiasmada. Tenía el cabello envuelto con una tela de seda, ocultando un gran moño y dándole un aspecto inacabado que hizo sonreír a Victoria.
—Llega justo a tiempo, Victoria querida —le dijo cogiendo la caja sin pedir permiso—. ¿Puedo pedirle que me ayude a vestirme?
—Y no olvide el broche —dijo el señor Driven desde atrás.
—Por supuesto —dijo Victoria y la siguió a su vestidor.
El vestidor de la señorita Driven era acogedor. Había una estufa que proporcionaba una temperatura agradable. Había zapatos ordenados en una estantería y tocados lujosos en otra. Victoria los miraba obnubilada cuando el señor Driven, que las había seguido, se despidió para darles intimidad.
—¿De verdad cree que el vestido es apropiado? —preguntó la joven mientras se quitaba la bata que cubría la combinación de seda.
Victoria se quitó el abrigo y lo dejó con cuidado sobre un sillón descalzador. Abrió la caja y sacó el vestido.
—No piense más en si es apropiado o no —dijo preparando el vestido para pasarlo por la cabeza de Clara—. Piense en la moda: esta no cambia hasta que una dama distinguida de la alta sociedad se atreve a lucir un vestido nuevo.
Clara sonrió. Se dejó poner el vestido y, mientras Victoria ajustaba los corchetes y botones, suspiró.
—No sé yo si alcanzo ese título de distinguida dama —se lamentó—. Tal vez mi madre sí, o mi abuela. Ellas sí que eran damas distinguidas.
Victoria ajustó el vestido y cuando terminó hizo que Clara se girara para verse en el espejo. Ambas sonrieron. La pedrería brillaba y las transparencias no dejaban ver nada indecoroso. La joven se quitó el pañuelo que cubría su peinado y de repente parecía una dama distinguida y muy hermosa.
—Imagine que ambas están con usted ahora —le dijo Victoria apartándose un paso.
Clara la miró de reojo. Los rumores sobre Victoria corrían entre sus clientas cada vez con más fuerza.
—¿Acaso están conmigo ahora? —preguntó temerosa.
—No, señorita Driven, me refería a que piense en ellas; seguro que las sentirá a su lado y… —Victoria cerró los ojos un instante y se llevó una mano a la frente. No le gustaba hacer eso, pero prefería que pensaran que era vidente a que supieran lo que realmente sucedía.
—¿Está bien, Victoria? —Clara dio un paso hacia ella, preocupada—. ¿O acaso… ha visto algo?
Victoria la miró un instante y después suspiró.
—No estoy segura, pero… he tenido la sensación de que… ¿Su padre tenía un despacho?
—Sí, todavía está como él lo dejó —dijo Clara emocionada—. ¿Por qué?
—Al verla con ese vestido me ha venido a la mente un ruiseñor y no sé por qué pensé en su padre y… una caja.
Clara se llevó ambas manos al pecho y contuvo el aliento un instante.
—Así me llamaba de pequeña, porque estaba siempre cantando —le confesó.
—¿Y la caja? ¿Le dice algo? —preguntó Victoria molesta consigo misma por seguir con la actuación.
—Sí —afirmó Clara—. En su despacho tenía una caja de madera con un ruiseñor tallado. En ella guardaba fotos antiguas.
Victoria asintió y le preguntó si podían ir a verla. Ambas bajaron al despacho y Clara se acercó hasta el escritorio, se sentó en la silla que había sido de su padre y sacó del primer cajón la caja y la dejó sobre el escritorio.
—Puedo salir si quiere abrirla sola —le ofreció Victoria.
Pero Clara negó con la cabeza y abrió la caja y sonrió al ver las fotografías. Las fue sacando mientras le contaba a Victoria cuándo había hecho su padre cada una. Hasta que su rostro cambió. Sacó un antiguo broche con los mismos colores que su vestido.
—Es precioso —dijo Victoria—. Y combinaría con su vestido.
—Era de mi abuela —dijo Clara emocionada—. Mi madre lo lució muchas veces; recuerdo algunas. Murió cuando yo era muy pequeña…
—Sí que se le da bien esto —dijo la voz del señor Driven desde detrás de Victoria—. Mírela, está preciosa. Mi niña va a deslumbrar esta noche a ese señor Warehouse.
—¿Me permite?
Victoria rodeó el escritorio y cogió el broche y se lo colocó en un lado del escote. Quedaba perfecto, como si la misma Victoria hubiera confeccionado ese vestido pensando en ese broche.
—Ahora sí que siento que ellas están a mi lado.
Clara la miró con los ojos llenos de lágrimas y el señor Driven se acercó a su hija para verla mejor. Victoria estiró un poco la tela de la falda.
—Creo que mi labor aquí ha terminado —le dijo Victoria.
Clara le dio las gracias por todo y por hacerla mirar las fotos. Victoria le deseó mucha suerte en la fiesta. Le pidió que no difundiera lo que había sucedido, lo del broche, y Clara le prometió ser discreta. Victoria no necesitaba ser vidente para saber que aquello no sucedería. Mientras salía de la casa, el señor Driven le dio las gracias y le preguntó por qué no quiso decirle directamente su mensaje.
¿Por qué no servir de intermediaria entre vivos y muertos?
Victoria lo tenía claro. Los muertos y los vivos no podían comunicarse por medios naturales y ella no debía meterse en medio.
Los vivos tienen que dejar ir a los muertos y los muertos no deben molestar a los vivos.
Cuando regresó a la tienda, entró y echó el cerrojo. Ya estaba bien por hoy. Se adentró en su taller, preparó té y mientras el agua hervía, miró el vestido en el que estaba trabajando cuando llegó Clara. Vio un hilo suelto y tuvo la tentación de arrancarlo.
Jamás arranques un hilo, jovencita. Para eso tenemos las tijeras, le gritó su antigua maestra, que había desaparecido hacía mucho tiempo, pero que seguiría gritando en su cabeza por mucho tiempo más.
